Biografía
 
Estos son algunos de los reportajes en los cuales Sebastián León
ha sido consultado como experto en Psicología.
 
     
 
 
     
     
   
  Profundidades de la mente en desarrollo  
  Reportaje "La Nación" Domingo, Agosto 2008.  
     
 

En "Psicoanálisis Infanto-Juvenil: Historial clínico y problemas actuales", publicado por Ediciones de la Universidad Ucinf, Sebastián León Pinto -académico de esa casa de estudios, sicólogo de la Universidad Católica, especialista en sicoterapia, sicoanalista de la Sociedad Chilena de Sicoanálisis y doctor (C) en Sicología de la Universidad de Chile- da su testimonio de varios años. La obra nació por una insistencia: primero, en su formación de postítulo como sicoanalista, en la Sociedad Chilena de Sicoanálisis; más tarde, en sus estudios de doctorado y a propósito de su participación en congresos, seminarios y cátedras.

Dice el autor que "el propósito principal del libro es contribuir a la difusión y desarrollo del sicoanálisis infanto-juvenil en nuestro país. Muy lejos de ofrecer un panorama exhaustivo o una síntesis dogmática, sus páginas están destinadas a la descripción íntima de una experiencia terapéutica y a la exposición de un conjunto de reflexiones teóricas, clínicas y socioculturales". Como especialista en niños y adolescentes, señala que un problema común es lo que denomina "complejo del huacho": "Desde el emblemático caso de Bernardo O’Higgins hasta nuestros días, los chilenos sufren por sentirse huachos, es decir, huérfanos o abandonados. El chileno medio viene de una familia con una madre apechugadora, pero sola y deprimida; y de una familia con un padre ausente, sea porque nunca se hizo cargo del hijo, porque es agresivo o borracho, o porque es trabajólico y distante".

El libro está compuesto por dos apartados: en el primero, se presenta el tratamiento sicoanalítico de un niño de siete años. Su título, "Iván y el zombi" es una figura sustitutiva para ‘el hijo y el padre’. El historial y su análisis concluyen con una breve discusión sobre las transformaciones de la familia y de la paternidad en nuestros días. El segundo apartado incluye siete textos de problemáticas consideradas relevantes para el sicoanálisis infanto-juvenil. Sus denominadores comunes: que la clínica con niños y adolescentes conecta al analista con su historia y sacude sus dogmas; que, aun como práctica crítica, está enfrentada a demandas de tecnificación y domesticación; que tanto niños como adolescentes son sujetos singulares y creativos que atraviesan importantes procesos de desarrollo emocional; que ambos llegan a análisis cuando están atrapados en el lugar de objeto; que el psicoanálisis es un trabajo psicoterapéutico de subjetivación.

Recomendable para todos quienes tengan afinidad no sólo con la sicología, sino con la infancia y la juventud, dos divinos tesoros.

Psicoanálisis Infanto-Juvenil: Historial clínico y problemas actuales
Sebastián León Pinto
Ediciones de la Universidad Ucinf
Santiago, 2008

 
     
     
   
  Los niños y las teleseries  
  Reportaje del diario “El Mercurio”, 2004.  
     
     
 

1. ¿Qué efectos puede producir en los niños el contenido de las teleseries?

Javiera, de 6 años, señala: “mi mamá no me deja ver la teleserie porque dice que salen cosas feas y de grandes, pero antes de ir al colegio en la tarde, cuando almuerzo, dan las noticias y la otra vez mostraron a unas personas disfrazadas que le cortaban la cabeza a un señor que gritaba y chillaba... eso me dio mucho susto”. El testimonio de Javiera nos recuerda que un par de teleseries que hablan de seductores vengativos, embarazos adolescentes y mujeres violadas, tiene menos impacto emocional en el niño que una realidad social y familiar que incluye pedofilia, asesinatos, violencia, torturas, corrupción y mentiras. Si nos miramos al espejo y no nos gusta nuestra imagen, ¿romperemos el espejo? Fernando, de 11 años, reflexiona: “mis papás se separaron porque mi papá se enamoró de su secretaria, que tiene 30 años menos que él... a mí me preocupa más eso que lo que muestren en las teleseries”.

2. ¿Son adecuados los contenidos para los menores?

Depende de la edad; importa la mediación facilitadora para niños menores de 10 años, pero no la prohibición ni el descuido negligente. Incluso existen maneras creativas de aprovechar las teleseries como recurso educativo para desarrollar el pensamiento crítico y la capacidad de análisis social en los niños y los adolescentes. En este sentido, Celeste, de 13 años, comenta: “en mi colegio, todos los lunes en consejo de curso con nuestra profesora hacemos debates acerca de lo que pasó en las teleseries la semana anterior; hay un grupo que sigue la del 7, otro la del 13 y otro la del 9. Nos vamos turnando para debatir los problemas que muestran y cada uno va formando su propia opinión, ayudado por la profe, y aunque a veces discutimos mucho, la opinión de cada uno es respetada por todos”.

3. ¿Tiene un niño la capacidad para distinguir entre ficción y realidad?

Sí la tiene, salvo en caso de las psicosis infantiles, aquellas psicopatologías severas donde el juicio de realidad puede verse alterado. Ahora bien, un mecanismo básico de la relación entre el telespectador y el personaje es la identificación, que difiere de la imitación en que esta última es conductual, consciente y mecánica, mientras que la primera implica un proceso inconsciente, dinámico y complejo de asimilación de un aspecto, rasgo o atributo del otro. En este contexto, estoy en desacuerdo con aquellas posturas que plantean que las teleseries idealizan modelos negativos; pienso que de lo que se trata no es de satanizar ni de aplaudir las telenovelas, sino más bien de poder pensarlas y leerlas como mensajes ideológicos dentro de un contexto sociocultural específico. Basta recordar el final de “Machos” para darse cuenta que la telenovela contemporánea tiene la estructura de una ideología de transmisión moral, como en otros tiempos lo fueron las fábulas, las novelas de caballería o, también hoy, las películas épicas: al principio, nos escandalizamos con los “malos” y nos identificamos con los “buenos”; hacia el final, los buenos triunfan, los malos se arrepienten o son castigados, y el maniqueísmo valórico que separa lo bueno de lo malo se perpetúa. Así, por ejemplo, no es casual que un canal católico haya titulado una teleserie como “Tentación”. Este gesto bien puede leerse como una alusión bíblica, a saber, el recorrido de Gabriel (encarnación del mal, de lo demoníaco y lo pecaminoso) desde la sed de venganza hacia algo que seguramente estará del lado de la redención o la sanción. En síntesis, y tal como antes pasó con “Machos”: bajo su aparente “heroización” del mal -que no es otra cosa que la búsqueda de consumo a través del recurso al escándalo- “Tentación” terminará siendo un relato moral, una fábula cuyo mensaje, finalmente político, será parecido al siguiente: “aunque el mal nos pueda tentar, el bien siempre saldrá airoso”.
4. ¿Pueden los niños interiorizar conductas de las teleseries sin entenderlas completamente?
Más que con los personajes de las teleseries, los niños tienden a identificarse inconscientemente con la imagen que interiorizan de las personas cercanas, especialmente de los padres o sus equivalentes. Aún así, habría que pensar si el exceso de preocupación por la ficción no estará encubriendo un cierto olvido o postergación de los conflictos reales, actuales e históricos. Por ejemplo, alguien que alza la voz por la presencia de un “prostituto” en una teleserie puede, al mismo tiempo, permanecer indiferente frente a los crímenes cometidos durante años en nuestro país.

5. ¿Puede influir el tipo de relaciones de pareja que se muestran en sus propias relaciones cuando sean adolescentes o adultos?

Los niños no son simples esponjas que absorben los estímulos tal como vienen; tampoco son entes pasivos, sino que son sujetos activos: por un lado, analizan, comparan y critican lo que reciben; por otro lado, también generan ellos mismos comprensiones y relaciones novedosas que van más allá de la mera respuesta al medio. Los juegos y dibujos de los niños son ejemplos claros de esta capacidad creadora.

6. ¿Qué es más recomendable que hagan los padres: prohibirles derechamente ver la teleseries o dejarlas ver igual?

Aunque desconfío de las “recetas psicológicas”, puedo decir que frente a las alternativas de prohibir o descuidar, prefiero una tercera: acompañar. Los padres, en especial la madre, hacen para el niño de portavoces del mundo: le ayudan a metabolizar la experiencia y a construir sentido a partir de las cosas. Pienso que un ambiente que facilita la maduración del niño es aquel que, sostenido en un vínculo suficientemente bueno, puede aportarle información útil para sus procesos de comprensión y desarrollo del pensamiento crítico. Estar abiertos a escuchar a los niños y conversar con ellos en forma sencilla, franca y directa acerca de sus preguntas, opiniones e intereses, sin obturar con nuestros prejuicios su propia capacidad de análisis.

7. En el caso de que los padres prefieran prohibir, y considerando que de alguna forma el niño se sentirá excluido, ¿cómo enfrentar las quejas del menor cuando argumente que sus amigos sí ven las teleseries y ellos no?

No se trata de someter a los niños a una disciplina de restricciones, porque afuera van a buscar, y encontrar con creces, lo que adentro les es vedado. Insisto en que los padres pueden superar el dilema entre prohibir y “dejar ser”, a través de un acompañamiento activo; las quejas del niño serían legítimas en un contexto demasiado restrictivo o excesivamente indiferente. Ayer Sofía, de 7 años, veía una teleserie con su mamá y le preguntó: “mamá, ¿qué significa ser violada?”. La madre, que en un principio se vio sorprendida por la súbita pregunta de la niña, acogió su inquietud y la transformó en un espacio propicio para tener un diálogo a la vez informativo y crítico con su pequeña hija. Le respondió: “es cuando una persona es obligada a tener relaciones sexuales sin que ella esté de acuerdo”. Con esta tranquila respuesta de la madre, la pequeña Sofía, antes de volver a jugar, pudo salir de su duda sin angustias ni confusiones.

 
     
   
   
  Distinguir entre sexualidad y genitalidad es un primer paso
para la educación sexual entre padres e hijos
 
  La familia: la mejor guía en educación sexual  
  Reportaje Revista “Punto Vital”, 2008.  
  Carla González C.  
     
 
Todos quienes son padres pasaron – o pasarán - por la experiencia de enfrentarse a las inquisidoras preguntas de sus hijos con respecto a sus dudas sobre la sexualidad. ¿Cuándo es conveniente sentarse a hablar?, en Punto Vital le mostramos una guía.

Clásicas preguntas como ¿de dónde vienen los niños?, ¿por qué las niñas y los niños son diferentes? o ¿por dónde salen los bebés cuando nacen?, han causado más de un problema en aquellos padres que se complican al momento de acercarse a hablar de sexo con sus hijos.

La inseguridad con respecto al lenguaje a ocupar y la distorsión que a veces se ocasiona por la presencia de otros agentes de información como el colegio, los amigos o los medios de comunicación, hacen que mamás y papás hagan de esta etapa algo mucho más complicado de lo que parece.

El psicólogo de la Universidad Católica, Sebastián León Pinto, menciona que la primera diferencia orientadora tiene que ver con la distinción de dos conceptos: sexualidad y genitalidad, “no son lo mismo y a veces se confunden”, comenta el especialista en psicoanálisis infanto – juvenil.

Según el profesional, la genitalidad tiene que ver con un concepto que alberga sólo una parte de la sexualidad y tiene que ver con “aspectos afines con relaciones más adultas, por lo menos desde la pubertad en adelante como por ejemplo el coito”, subraya.

En cambio, el concepto de sexualidad es más amplio e inherente al ser humano, “es en definitiva la experiencia con el propio cuerpo y el cuerpo del otro. Por lo tanto, podría decirse que en términos generales habrá sexualidad en el amamantamiento, en el niño que se chupa un dedo o en un adulto abrazando a una guagua”, menciona el psicólogo.

Al mismo tiempo, y ahora respecto de la educación sexual hay otra distinción importante, esta vez, entre educación sexual formal (aquella que se realiza formalmente y que encauzan algo ya generado, como por ejemplo, el colegio), y educación sexual informal (la que se recibe de manera cotidiana en la familia y la sociedad en general). Para León Pinto, esta última es la base, se recibe permanentemente y “se da sobre todo en los contextos interpersonales”.

“Una mamá que deja a su guagüita con cuidado en la cuna, está –de un modo informal y cotidiano- educando sexualmente: le está trasmitiendo una experiencia de cuidado corporal, que le permitirá al niño sentirse aceptado y querido. Así, cuando crezca, probablemente tenderá a cuidar más su cuerpo y el del otro. Por el contrario, otra mamá que lanza a su bebé bruscamente sobre la cama, está instalando en el niño la idea de que es un estorbo”, ejemplifica.

De esta forma, el proceso de la sexualidad en un individuo parte con la exploración del propio cuerpo en el caso de los bebés, para seguir con preguntas explícitas que suelen aparecer en los niños a partir de los 2 ó 3 años. Es ahí cuando viene la interrogante acerca de cuándo hablarle al pequeño acerca de sexualidad, y en esta línea, Sebastián León manifiesta que el hecho de establecer una conversación entre padres e hijos en torno a este tema tiene que ver con una educación informal verbal, es decir, un contacto de las dos partes a través del lenguaje.

La otra cara de la moneda, es decir, la educación informal no verbal es para el psicólogo, la más importante y tiene que ver con aspectos tan relevantes como el contacto físico que existe entre los padres, “que sea espontáneo y a la vez respetuoso entre sus propios cuerpos”, dice León y agrega que ése será un primer paso, para que después hablar de sexualidad sea mucho más fácil y cómodo.

La brújula del sentido común

La manera en cómo se entrega educación sexual a los hijos dependerá mucho de la familia y de cómo se establezcan las relaciones entre todos sus integrantes. En este tema, la situación cultural y educacional de los individuos será de suma relevancia para entender el actuar de los sujetos.

“El sentido común es muy sabio y los extremos son peligrosos”, sentencia el profesional con respecto a ciertas maneras que se tienen dentro de la familia de mostrar el tema de la genitalidad frente a sus hijos. Así, la extrema exhibición o el tabú radical donde se muestra al sexo como algo sucio y de lo cual no se puede hablar, serán decidores a la hora de un comportamiento posterior, tanto en el actuar del niño como en sus futuras relaciones interpersonales.

A pesar de no reconocer a ésta como “la receta” para una buena educación sexual, Sebastián León sí se esmera por entregar algunas nociones que considera razonables para hacer efectivo este proceso. Primero, dice que el niño debe tener una experiencia del cuerpo como algo natural e íntimo y además, debe ser capaz de reconocer a sus padres como únicas personas que podrán tener acceso a él en actividades cotidianas como el bañarse o cambiarse de ropa.

En cuanto a la formación verbal, el psicólogo comenta que a su juicio no es apropiado que se utilicen palabras inadecuadas para indicar a ciertas partes del cuerpo, pero a la vez afirma que “tampoco se trata de parecer enciclopedia, pero sí es necesario hacer distinciones para que el niño sepa y tenga suficiente claridad”.

“La sexualidad no es solamente la experiencia natural del propio cuerpo, sino que también es la experiencia natural con el cuerpo del otro mediada por la cultura”, afirma el especialista y menciona que es de suma importancia la tarea de los padres, pues son ellos los que tienen el rol de ir acompañando y “proporcionando un ambiente facilitador a ese proceso de maduración”.

Por último, el psicólogo sentencia que el gran desafío en este tema es la tolerancia. Afirma que, indistintamente a tener una opinión propia, no es fácil ser tolerante, porque muchas veces –por no decir siempre- cada familia tendrá su propia forma de educar a sus hijos en la sexualidad y genitalidad y luego, al haber un encuentro entre esos niños, pueden crearse desde confusiones en cuanto a conceptos hasta discrepancias en la forma de educación de cada uno.